lunes, 29 de septiembre de 2025

Gustavo Petro - Orgullo de la humanidad

 

En la sala de la Asamblea General de la ONU, mientras Gustavo Petro pronunciaba su último discurso como presidente de Colombia, algo extraordinario ocurría en las butacas vacías del recinto. Los espíritus de líderes caídos, aquellos que desafiaron al poder hegemónico y pagaron con sus vidas, se materializaban en un acto de solidaridad histórica. Hugo Chávez, con su boina roja y mirada firme, aplaudía con orgullo cada palabra del mandatario colombiano. A su lado, Fidel Castro, envuelto en su uniforme verde olivo, asentía con solemnidad, reconociendo en Petro ese tono desafiante y antiimperialista que él mismo utilizó por décadas.

Más atrás, el Che Guevara, con su estrella brillante en la boina, sonreía ante la crítica frontal a la "fracasada guerra contra las drogas" y la defensa de una política antinarcotraficante basada en la sustitución voluntaria. Junto a ellos, Yasser Arafat, con su tradicional kaffiya, levantaba las manos al escuchar la condena al genocidio en Gaza y el llamado a una fuerza armada internacional para liberar Palestina. Mohamar Al Gadafi, con su túnica dorada y gesto desafiante, celebraba la crítica a la hipocresía de las potencias y el llamado a una nueva arquitectura financiera global.

Todos ellos menos Fidel Castro, líderes exterminados –o perseguidos– por lo que Petro denominó "el imperio", ahora formaban parte de un coro fantasmagórico que resonaba en el salón. Cuando Petro denunció que "la política antidroga es para dominar los pueblos del sur", Chávez exclamó: "¡Así es, compadre! ¡Lo vivimos en carne propia!". Al mencionar la necesidad de una "revolución mundial de los pueblos", el Che gritó: "¡Hasta la victoria siempre!". Y cuando Petro exigió "liberar a Palestina", Arafat se puso de pie, con lágrimas en los ojos, vitoreando: "¡Por fin alguien lo dice con claridad!".

En el momento en que Petro advirtió que "el capital o la vida" son la disyuntiva de nuestra era, Gadafi asintió con vehemencia, recordando su propio discurso sobre la necesidad de justicia global. Fidel, por su parte, tomó simbólicamente notas en un cuaderno invisible, murmurando: "Este muchacho ha entendido lo que muchos no quisieron ver".

Mas allá de la retorica discursiva 

Mas allá de la fantástica audiencia,  el presidente Gustavo Petro elevó ante la Asamblea una propuesta geopolítica transformadora: América Latina y África, poseedoras del 70% de los recursos hídricos y minerales del planeta, deben convertirse en los productores de energía limpia y alimentos para Estados Unidos y Europa. Planteó que con 1.200 gigas de capacidad anual de energía eléctrica limpia, el Sur Global podría descarbonizar completamente las economías del Norte.

"América Latina, si desarrolla su potencial de energía limpia podrá limpiar toda la matriz de energía fósil de los Estados Unidos", afirmó, destacando que solo se necesitan 600.000 millones de dólares para realizar esta transición que salvaría al planeta.

Reflexión final hacia la paz

En un llamado final a la cooperación internacional, Petro argumentó que la descarbonización no es solo una necesidad ambiental sino una oportunidad para reestructurar las relaciones globales. "O codicia o vida, o barbarie o democracia local y global", sentenció, invitando a una "revolución mundial de los pueblos" que priorice la vida sobre la acumulación.

Los espíritus presentes en la Asamblea, testigos de luchas pasadas, parecían susurrar en unisonó: "Por fin un líder que comprende que la verdadera liberación viene de la unidad sur-norte, no del enfrentamiento". Su mensaje final resonó en el aire: la paz solo llegará cuando reconozcamos que el "pueblo elegido de Dios es la humanidad toda", y que nuestro destino común depende de cooperar o perecer juntos en la crisis climática.


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